lunes, 21 de mayo de 2012

Alonso Quijano, autor de Borges


Se sabe que no todos los pergaminos que halló Cide Hamete Benengeli en aquella misteriosa caja de plomo eran legibles, la caja donde se encontraron sonetos y epitafios escritos por los académicos Monicongo, Paniagudo, Caprichoso, Burlador, Cachidiablo y Tiquitoc, todos ellos en honor del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha y su constelación.

Pues hace poco, entre los libros viejos y papeles retorcidos, todos ellos escarchados por el polvo en el último rincón de mi casa, entre los que han sobrevivido al desdén familiar durante generaciones, encontré cartas, recuerdos y panfletos de viejos antepasados de los que nunca había escuchado hablar, y con los cuales, después de los intrincados derroteros del mestizaje, seguramente guardo tanta semejanza como la que me une a Carlomagno. El caso es que entre los papeles más viejos, apenas legibles para mi, aún sin haberlos hecho pasar por el servicio de un paleógrafo, encontré un par de cartas que algún pariente lejano había intercambiado con algún allegado a la academia de la Argamasilla, el cual firmaba como El Papagayo Folgador.

De lo poco que alcancé a entender, comprendí que el académico daba cuenta de Alonso Quijano, de su vida, obra y muerte, así como de los papeles que habrían de poner en una caja de plomo con motivo de la meurte del valiente hidalgo. El Papagayo cuenta que entre esos papeles, si no malentiendo, hay un breve relato o meditación escrita por el mismo Alonso Quijano, en medio de las sandeces que hizo en Sierra Morena.

Cuenta El Papagayo que en medio de aquella locura de segundo grado –pues no se debe olvidar que aquel trance era el de un loco fingiendo locura, el de un fantasma engendrando a un fantasma o el de una ficción produciendo ficción–, y durante el tiempo que estuvo solo en espera del retorno de Sancho, fue que Don Quijote escribió tal relato-meditación, y que tal vez la pereza de Cide Hamete Benengeli, o el considerar que ya serían demasiadas ficciones y demasiado futurismo para un solo escrito, llevaron a éste último a omitir semejante meditación del Quijote en su texto –yo pienso que quizás, simplemente, lo olvidó o jamás se enteró de este hecho, pues no hay observador ni autor omnisciente, siempre hay líneas de fuga.

De acuerdo con El Papagayo Folgador, mientras Alonso Quijano iba dando tumbos, semidesnudo, por alguna cueva de Sierra Morena, comenzó a imaginarse y preguntarse, una vez más, lo que dirían las generaciones futuras sobre sus hazañas y la fuerza de su brazo, si se cantarían loas por la justicia que al mundo había venido por intermedio de su valentía. Se preguntó si como para él llegaban las noticias de los tiempos de Carlomagno, así también llegarían las noticias del heroico caballero manchego a los nobles e ilustrados del tercer milenio. Se preguntó qué reyes gobernarían, si aún haría falta la existencia de caballeros andantes para desfacer agravios, enderezar tuertos y socorrer a los desamparados, o si por el contrario, la injusticia, la mezquindad y el abuso de unos sobre otros habrían sido por fin desterrados del mundo. También se preguntó cómo sería la literatura, qué corrientes, qué temas, qué lenguajes y qué formas se usarían.

En tales ensueños andaba cuando sintió pesadumbre al pensar en la posibilidad de ser olvidado. Aunque algún genio contemporáneo –al regreso de su primer viaje habría de enterarse que, en efecto, el moro Cide Hamete había comenzado a relatar sus aventuras– diera cuenta de sus logros, nada le garantizaba sobrevivir al olvido una vez que pasaran unos cuantos siglos. Comprendió que al cabo de unos años lo que se diría de él, lo que se tuviera por cierto sobre él, dependería del ingenio de los autores, pues aunque los méritos de la espada sean mayores que los de la pluma, aquellos dependen de ésta para ganarse la inmortalidad. Comprendió que sería como un fantasma, o que tal vez ya lo era, y que ya su actual existencia tenía algo de quimera, de espectro. Igual que Aquiles, lo único que esperaba era ser inmortal en el recuerdo de los hombres, pero ya se sabe que alquando bonus dormitat Homerus.

Para consolarse, el Caballero de la Triste Figura sacó el libro de memoria donde había escrito su carta a Dulcinea del Toboso, ahí dejó plasmadas de manera prolífica las anteriores meditaciones y dudas sobre el porvenir. Pero lo más extravagante, dice El Papagayo, es que para tranquilizar el miedo al olvido que ya le devoraba las entrañas –un miedo que, a imitación de un griego antiguo, era el mayor que podía tener–, Don Quijote se puso a escribir un relato en el que se asegurara su fama y que el encomio a sus virtudes se diseminara por diversas geografías, de manera que se adaptara a los lenguajes y formas de los tiempos venideros. Se concentró en escribir la genealogía de un autor que nacería en las Indias, en el Virreinato del Río de la Plata, para asegurar que el eco de sus logros llegara hasta el extremo sur del mundo; le dio a su personaje antepasados formados en las armas y en las letras –las dos grandes pasiones del Quijote, en ese orden–, pintó a sus abuelos y bisabuelos ya como valientes generales, ya como pioneros hombres de letras; entre otras extravagancias quiso que el padre de su personaje tradujera a Omar Jayam, y para poner más drama en los tiempos situó el nacimiento de su personaje rioplatense en los márgenes del siglo XIX, en 1899 para ser exactos. Sólo con estos y otros antecedentes tan excéntricos, con los cuales el manchego aderezó el perfil de su escritor ficticio, un hombre sería capaz de recibir, asimilar y diseminar acontecimientos tan singulares.

Don Quijote quiso que su personaje del futuro escribiera un relato sobre un poeta Francés, inscrito en corrientes literarias aún desconocidas, el cual transcribiría de manera genial e insuperable sus hazañas, es decir, las del Quijote. En esto va concluyendo la carta, y en lo último que alcanzo a entender, El Papagayo Folgador se burla de las sandeces y extravíos del caballero manchego. Parafraseo lo que más o menos dice al terminar, con jerga del siglo XVII, por supuesto: “Imagínate a semejante loco en su cueva, desnudo y lánguido, escribiendo sobre un rioplatense llamado Francisco Isidoro Borgues o Borges, el cual escribe sobre un poeta francés llamado Pierre Menard, quien reescribe la historia de un madrileño llamado Miguel de Cervantes, quien encima de todo cuenta de segunda mano la historia del Quijote, quien a su vez escribe en su cueva sobre el rioplatense, y así ad infinitum, que es lo mismo que decir ad nauseam. ¿Cómo no iba a provocarnos tamaña hilaridad Don Alonso Quijano con todos estos fantasmas engendros de su locura? Menudo chasco se debió haber llevado cuando todos estos personajes y quimeras se vinieron abajo, al enterarse que su historia sería recogida por un moro, Cide Hamete Benengeli”.

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